{"id":7196,"date":"2022-04-05T09:05:19","date_gmt":"2022-04-05T09:05:19","guid":{"rendered":"https:\/\/caumas.org\/revista\/?p=7196"},"modified":"2022-04-05T09:05:19","modified_gmt":"2022-04-05T09:05:19","slug":"caracol-go-homeantonio-ma-gonzalez-gorostiza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/caumas.org\/revista\/caracol-go-homeantonio-ma-gonzalez-gorostiza\/","title":{"rendered":"CARACOL GO HOME<br>Antonio M\u00aa Gonz\u00e1lez Gorostiza"},"content":{"rendered":"<p>[vc_row full_width_row=&#8221;true&#8221;][vc_column]<div id=\"ultimate-heading-817169e22d6a058ac\" class=\"uvc-heading ult-adjust-bottom-margin ultimate-heading-817169e22d6a058ac uvc-7037  uvc-heading-default-font-sizes\" data-hspacer=\"no_spacer\"  data-halign=\"left\" style=\"text-align:left\"><div class=\"uvc-heading-spacer no_spacer\" style=\"top\"><\/div><div class=\"uvc-main-heading ult-responsive\"  data-ultimate-target='.uvc-heading.ultimate-heading-817169e22d6a058ac h2'  data-responsive-json-new='{\"font-size\":\"\",\"line-height\":\"\"}' ><h2 style=\"font-family:&#039;Viga&#039;;--font-weight:theme;\">CARACOL GO HOME<\/h2><\/div><div class=\"uvc-sub-heading ult-responsive\"  data-ultimate-target='.uvc-heading.ultimate-heading-817169e22d6a058ac .uvc-sub-heading '  data-responsive-json-new='{\"font-size\":\"\",\"line-height\":\"\"}'  style=\"font-weight:normal;\">Antonio M\u00aa Gonz\u00e1lez Gorostiza<\/div><\/div>[vc_empty_space height=&#8221;16px&#8221;][vc_column_text]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El caracol avanza sabiendo que, antes de llegar a las hierbas de su hogar, debe cruzar la acera. Ya puede oler las frescas hojas, casi saborea los trozos cuando los muerde y crujen entre sus diminutos dientes. Le quedan unos metros para disfrutar de la fresca ma\u00f1ana de mayo estirado fuera de su caparaz\u00f3n.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Como no tiene orejas, no escucha el ruido de las pisadas del cr\u00edo que, se aproxima desde el otro lado de la carretera aplastando hojas y golpeando con la mano los retrovisores de los coches aparcados.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Los \u00faltimos metros son los m\u00e1s dif\u00edciles, a pesar de que el suelo h\u00famedo le permite deslizarse r\u00e1pido sobre sus babas. El cansancio acumulado, tras arrastrarse durante una hora sin pausa, agarrota el m\u00fasculo de su cuerpo, lo hace m\u00e1s torpe.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se detiene. Al mover los ojos en el extremo de los cuernos divisa al cr\u00edo. Viene directo, llegar\u00e1 en cuesti\u00f3n de segundos. Para protegerse, se encoge hasta refugiarse dentro de su coraza. Se hace peque\u00f1o, debe pasar desapercibido.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Una hoja estalla bajo el pi\u00e9 del chico, otro retrovisor cae reventado sobre el asfalto. El caracol todav\u00eda est\u00e1 all\u00ed, vivo, expectante, esperando que pase el peligro para volver a andar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El ni\u00f1o lo detecta, va hacia \u00e9l, alza el pi\u00e9, lo aproxima con intenci\u00f3n de aplastarlo. Se escucha el grito de la madre cansada ya de verlo hacer el salvaje.<br \/>\n&#8211; Miguel, la merienda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La voz maternal apaga el sonido de la c\u00e1scara cuando explota bajo el peso de la zapatilla.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Con esa porquer\u00eda en la suela no subes al coche.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Miguel recuerda con tristeza el enfado de su madre. Fue justo antes del accidente.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Ahora me lo limpio con arena.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Date prisa. Nos espera la abuela.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pero la abuela ya no los pudo ver juntos. Son esas cosas que pasan de repente y cambian una vida cuando traen la muerte. Como le pas\u00f3 al caracol que se afanaba en llegar a casa donde le esperaban sus cientos de hijos. Un rayo que cae del cielo en forma de zarpazo, no llegas a comprender su significado. Piensas en el esfuerzo que te queda para cubrir los \u00faltimos dos metros y, de golpe, ya no piensas m\u00e1s. Tus hijos siguen esperando sin saber lo que ha ocurrido, no salen a investigar y esperan. Esperan largas horas sin resultado. Pasan los d\u00edas y siguen esperando. Hasta que el tiempo borra la memoria para dejar hueco a los nuevos padres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La abuela esper\u00f3 y no volvi\u00f3 a ver a su hija. Le hablaron del accidente, pero nunca admiti\u00f3 el mal sue\u00f1o. Estaban hablando por tel\u00e9fono, de pronto escuch\u00f3 ruidos, gritos, carreras, pitos, sirenas. El tel\u00e9fono, tirado junto al cuerpo inerme de la hija que se desangraba, retransmit\u00eda en directo la funci\u00f3n de la vida. Escuch\u00f3 a Miguel llorando, agarrado a la madre sin importarle que sus l\u00e1grimas se mezclaran con el fluido rojo que lo embadurnaba todo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Mam\u00e1, mam\u00e1. Por favor, no te mueras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y las voces desconocidas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Ha sido la moto. Ven\u00eda como loco.<br \/>\n&#8211; Ap\u00e1rtense, soy m\u00e9dico.<br \/>\n&#8211; Voy a llamar a una ambulancia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se olvidaron del tel\u00e9fono. La oscuridad de la noche trajo el silencio. La abuela sigui\u00f3 llorando sujeta al auricular, esperando el milagro de reconocer la voz de su hija hasta que se acab\u00f3 la bater\u00eda. Hasta que llamaron a la puerta para llev\u00e1rsela primero al hospital y luego al forense. All\u00ed encontr\u00f3 a Miguel, sentado en una silla de pl\u00e1stico verde. Hurgando en la zapatilla con un palillo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Abu, no ha sido culpa m\u00eda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La abuela no sabe qu\u00e9 decir, apenas consigue mantenerse en pie. Acaricia la cabeza del ni\u00f1o que se arroja a abrazarse a sus piernas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Solo quer\u00eda jugar con el caracol. Diles que me portar\u00e9 bien, pero que traigan a mam\u00e1 de vuelta.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Alguien los sujeta a los dos para que no se derrumben. Se deja abrazar, la ayudan a sentarse.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Tome, es caf\u00e9 con leche y un tranquilizante.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La enfermera se aleja sin decir nada m\u00e1s. No quiere ser ella la que le d\u00e9 la noticia. Va en busca del sacerdote de guardia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Se le cae el caf\u00e9 sin llegar a probarlo. Deja que la taza de papel se le escurra de la mano; no sabe d\u00f3nde est\u00e1, solo quiere tener a Miguel recostado en su cadera. Lo estruja hasta dejarlo sin respiraci\u00f3n. Lo aprieta todav\u00eda m\u00e1s cuando ve llegar al doctor con cara seria.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; \u00bfHay esperanza?\ua7f7 la pregunta surca el aire sin que ella haya despegado los labios.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El doctor niega con la cabeza.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Miguel sigue recordando.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ve a su padre atravesar las puertas correderas, cruza el vest\u00edbulo corriendo, deja la maleta tirada en medio de la gente. Viene directo del aeropuerto. Es como el sol cuando lucha hasta conseguir rasgar las nubes negras para iluminar un peque\u00f1o prado acorralado por la nieve del invierno. Es el calor que trae el despertar de la esperanza, una distracci\u00f3n para permitir recuperar fuerza, estirar las hojas y que la sabia fluya hasta reverdecer de nuevo. Un escalofr\u00edo por el que sabes que sigues vivo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Miguel abre tanto los ojos que parece que se le van a escapar de la cara, se separa de la abuela para abalanzarse hacia su padre, pero no le da tiempo. \u00c9l ha llegado primero. Ya est\u00e1n los tres mezclados en un solo cuerpo, en un solo llanto. Se siente volar. Su padre es fuerte y los abarca con sus brazos para llev\u00e1rselos como la r\u00e1faga de hurac\u00e1n que no deja nada por donde pasa. En el hospital solo queda la voz de Miguel flotando en el aire de los pasillos, solo una palabra continuamente repetida.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Dos s\u00edlabas.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">&#8211; Pap\u00e1. Pap\u00e1. Pap\u00e1.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y pap\u00e1 se multiplic\u00f3. A la salida del colegio all\u00ed estaba esper\u00e1ndole. Estaba junto a la abuela, temprano en las ma\u00f1anas de partido, con el caf\u00e9 reci\u00e9n hecho y las tortitas calientes. En el despacho del director, para justificar sus travesuras, para reprenderle a la salida y hacerle prometer que intentar\u00eda portarse bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">La cita con el director se hizo habitual. No hab\u00eda semana en la que no les llamaran. A veces la abuela les acompa\u00f1aba y esperaba fuera para ir luego al rastrillo a comprar ropa, fruta y sobre todo: churros con chocolate. Miguel siempre acompa\u00f1ado, ganando a pap\u00e1 perd\u00eda cuando jugaban al tenis, tambi\u00e9n al ajedrez y muchas veces a las cartas. A pap\u00e1 no le gustaba perder, tiraba las cartas, se levantaba de la mesa, la rodeaba murmurando mientras la abuela se mor\u00eda de risa, tan alegre como antes del accidente del caracol.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Pap\u00e1 en la fiesta de graduaci\u00f3n en el colegio. Ese d\u00eda, en el patio, ya no estaba la abuela pero ellos la sent\u00edan presente, pod\u00edan escuchar sus risas mientras los dos se apretaban la mano y se gui\u00f1aban un ojo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Y ahora Miguel, en el cementerio de El Espino, frente a la l\u00e1pida del nicho con tres nombres, sonr\u00ede entre l\u00e1grimas mientras recuerda lo feliz que ha sido y sabe lo felices que deben estar los tres juntos. Suelta la mano de sus dos hijos que le han acompa\u00f1ado, y repiten el ritual de todas las primaveras.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Buscan caracoles entre los setos, los roc\u00edan con agua para que despierten. Les cantan la canci\u00f3n hasta que sacan los cuernos al sol y los pegan en la losa de m\u00e1rmol para verlos subir, despacio, hacia el cielo.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Birus, con los cuernos al sol.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em><strong>Antonio M \u00aa Gonz\u00e1lez Gorostiza<\/strong><\/em><br \/>\n<em><strong>Socio de AUCTEMCOL<\/strong><\/em><br \/>\n<em><strong>Universidad Carlos III, Colmenarejo<\/strong><\/em><\/p>\n<p>[\/vc_column_text][\/vc_column][\/vc_row]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[vc_row full_width_row=&#8221;true&#8221;][vc_column][vc_empty_space height=&#8221;16px&#8221;][vc_column_text] El caracol avanza sabiendo que, antes de llegar a las hierbas de su hogar, debe cruzar la acera. Ya puede oler las frescas hojas, casi saborea los trozos cuando los muerde y crujen entre sus diminutos dientes. 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