{"id":9136,"date":"2023-10-09T11:40:24","date_gmt":"2023-10-09T11:40:24","guid":{"rendered":"https:\/\/caumas.org\/revista\/?p=9136"},"modified":"2023-10-09T11:40:24","modified_gmt":"2023-10-09T11:40:24","slug":"el-paseo-de-las-adelfas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/caumas.org\/revista\/el-paseo-de-las-adelfas\/","title":{"rendered":"El paseo de las adelfas"},"content":{"rendered":"<p>[vc_row full_width_row=&#8221;true&#8221;][vc_column]<div id=\"ultimate-heading-81736a009e69d0718\" class=\"uvc-heading ult-adjust-bottom-margin ultimate-heading-81736a009e69d0718 uvc-1509  uvc-heading-default-font-sizes\" data-hspacer=\"no_spacer\"  data-halign=\"left\" style=\"text-align:left\"><div class=\"uvc-heading-spacer no_spacer\" style=\"top\"><\/div><div class=\"uvc-main-heading ult-responsive\"  data-ultimate-target='.uvc-heading.ultimate-heading-81736a009e69d0718 h2'  data-responsive-json-new='{\"font-size\":\"\",\"line-height\":\"\"}' ><h2 style=\"font-family:&#039;Viga&#039;;--font-weight:theme;\">El paseo de las adelfas<\/h2><\/div><div class=\"uvc-sub-heading ult-responsive\"  data-ultimate-target='.uvc-heading.ultimate-heading-81736a009e69d0718 .uvc-sub-heading '  data-responsive-json-new='{\"font-size\":\"\",\"line-height\":\"\"}'  style=\"font-weight:normal;\"><em>Marisol Gonz\u00e1lez Ram\u00f3n<\/em><\/div><\/div>[vc_empty_space height=&#8221;16px&#8221;][vc_column_text]<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Aquella ma\u00f1ana, en un banco del paseo, ella llev\u00f3 la mano del hombre a su frente, lugar donde habitaba la lealtad insertada en su ADN de replicante. Cuando el viento enred\u00f3 sus dedos en un mech\u00f3n de su pelo, \u00e9l supo que se quedaba enredado a ella. Luego, sus labios le juraron volver siete meses despu\u00e9s, al t\u00e9rmino de su expedici\u00f3n al exoplaneta de Alpha Centaury. Se levant\u00f3 y ech\u00f3 a andar. Y traspas\u00f3 la l\u00ednea invisible.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Ya han pasado diez meses desde entonces.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Al llegar a la sala de Recibir, el hombre se encamin\u00f3 hacia la zona de cajetines, situada a un lado de la sala. La sala ten\u00eda un techo bajo y dos paredes enfrentadas con hologramas \u201cserviciales\u201d a un lado y con \u201cexigentes\u201d al otro, que avanzaban, con distintos cometidos, hacia cada reci\u00e9n llegado. Un pavimento gris, en su zona central, hac\u00eda de alfombra y pasillo neutro para acceder a los elevadores que, situados al fondo, llevaban a los habitantes del distrito d\u00e9cimo a sus apartamentos privados de la Torre. Un \u201cservicial\u201d holograma, vestido con chaqueta y pantal\u00f3n azul de botonadura dorada, que portaba delicadamente un paquete en las manos, se le acerc\u00f3.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u2013 Sea bienvenido a casa, se\u00f1or Werther. Esto se lo ha dejado su amigo Tino, junto con sus saludos afectuosos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">El hombre agarr\u00f3 el paquete con una mano mientras con la otra pulsaba el c\u00f3digo de apertura y abr\u00eda el cajet\u00edn.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Decepcionado y con gesto brusco, puls\u00f3 los d\u00edgitos de cierre del cajet\u00edn. Hac\u00eda d\u00edas que un \u201cservicial\u201d, trajeado con antigua chaqueta y corbata de poli\u00e9ster, le hab\u00eda prometido enviarle la tarjeta con el c\u00f3digo de activaci\u00f3n. No hab\u00eda llegado, se resign\u00f3 a otro d\u00eda m\u00e1s en suspenso, a la espera de un final que le devolviera a su compa\u00f1era.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Subi\u00f3 al apartamento, se sac\u00f3 la camiseta arroj\u00e1ndola sobre la cama y se acerc\u00f3 a la ventana. La noche enmarcaba los cielos zumbones y alumbrados de naves ovoides aleteando entre las torres.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Le gustaba pensar en ella sinti\u00e9ndola recostada sobre su pecho; pensaba en Carlota y en un sabor simple emanando libertades, un sabor que lograra, con su magia terrena, lo que el mundo le hab\u00eda negado al fabricarla; despertarle los sentidos. Pens\u00e1ndola, era un loco.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cada vez que su amigo Tino se los tra\u00eda, \u00e9l se met\u00eda en la vieja cocina y pasaba la tarde limpiando aquellos car\u00edsimos chipirones pescados con anzuelo. Los vecinos, envidiosos, le ten\u00edan amenazado con denunciarle a la Junta por los olores que impregnaban la noche. Cuando ella llegara, quer\u00eda haber mejorado su receta para poder tenerle listos los mejores chipirones en su tinta. Los tomates, el pimiento, los cultivaba \u00e9l mismo en la huerta comunal. Todos los martes, de lluvia o de sol, eran recibidos con el apetito causado por un encierro prolongado de jornadas trabajadas en una sala diminuta; un sill\u00f3n, una gran pantalla de vidrio y una Tablet. Cada d\u00eda, cerraba la tablet con un golpe seco y un gesto de hast\u00edo. Los martes, el tedio lo llevaba pegado en la cara, pilotando el veh\u00edculo hasta llegar a atravesar la autopista a\u00e9rea que cruzaba las Torres Geom\u00e9tricas, entonces, al divisar la colina verde, sus labios esbozaban sin querer una sonrisa. Esas tardes alargadas en la huerta, le regalaban un dulce cansancio a su espalda y un leve alivio de su ausencia.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Por volver a verla, recorr\u00eda el Paseo de las Adelfas. D\u00eda tras d\u00eda, se sentaba en un banco, mientras su antebrazo se encend\u00eda cuando \u00e9l lo acariciaba con su \u00edndice modificado. Simulando leer mensajes, noticias gubernamentales que cambiaban seg\u00fan el horario y la zona urbana.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Podr\u00eda haber echado ra\u00edces, all\u00ed sentado, esperando. Esperando a Carlota. Lo m\u00e1s probable era que le hubieran cambiado la ruta programada, que le hubieran asignado otra misi\u00f3n, porque por all\u00ed no volvi\u00f3 a pasar y sin aquella maldita tarjeta la vida se le iba. Esa misma ma\u00f1ana, casi hab\u00eda tenido una bronca durante la reuni\u00f3n en l\u00ednea con la petarda de sistemas cognitivos interplanetarios (SS. CC. II.)<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">A la noche, con los ojos de agua, le escribi\u00f3 un correo al \u201cservicial\u201d rog\u00e1ndole que se hiciera cargo de su situaci\u00f3n de expatriaci\u00f3n y viudedad, a la vez que le recordaba su acreditaci\u00f3n estatal que le daba preferencia de demandas. De toda \u00edndole.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Hoy abre de nuevo el cajet\u00edn para extraer, por fin, la tarjeta. El aire no le alcanza, una gota de sudor se cuela en su ojo izquierdo. Introduce la tarjeta en la obertura del comunicador que ha extra\u00eddo del precinto, teclea los d\u00edgitos y comprueba en su antebrazo el disco que marca la nueva bater\u00eda activada en Rosa; sonr\u00ede ahora ante la lucecita verde que indica que ella est\u00e1 de vuelta y activada, cerca, muy cerca. A unos pocos km de la Torre est\u00e1 el parque que linda con el Paseo. No advierte el parpadeo de la luz. Se le olvida o no quiere pensar que algo no va bien.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Porque gritar\u00eda su nombre. Gritar\u00eda que la quiere al mundo entero. Que la espera. Todo est\u00e1 listo, los pasaportes, los chips falsos con su nueva identidad. Abre la caja personal que est\u00e1 al lado del cajet\u00edn de env\u00edos y saca el dinero. Lo cuenta. Hay de sobra para pagar al piloto y al \u201cexigente\u201d de seguridad de la Torre. Juntos, los dos saldr\u00e1n del pa\u00eds que les dicta a quien deben amar.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Atraviesa la sala de Recibir y sale a la calle. Es larga. Demasiado larga. Camina. Andar acompasado. No correr. No llamar la atenci\u00f3n. Pero est\u00e1 sofocado.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Mientras en el parque, tras unos arbustos, cuando Carlota abre los ojos lo primero que ve es la mano del guarda retirando la hojarasca de su frente. Lo segundo, que no puede evitar, es el tubo que se va acercando a su l\u00f3bulo derecho. Como un ternero reci\u00e9n nacido, prueba a sostenerse en sus largas piernas y echa a andar hacia la salida del parque, bajo la atenta mirada del guarda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Como un aut\u00f3mata, recorre las calles. Los recuerdos se le van borrando y su l\u00f3bulo frontal, el que rige sus emociones, se niega a\u00fan a apagarse al ritmo del parpadeo de la luz que titila en el brazo del hombre que la espera dos calles m\u00e1s all\u00e1.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Puede recordar a\u00fan, como una mujer, mientras camina. Recuerda el primer beso de Werther en aquel portal, con un cosquilleo raro en el vientre. Llega a la plaza donde le hab\u00eda confesado su nombre, su esencia vital. Luego, \u00e9l le hab\u00eda llevado del hombro hasta su veh\u00edculo, conduciendo hasta la huerta que dominaba la bah\u00eda, donde los tomates maduraban en la rama. Hab\u00eda arrancado uno y se lo hab\u00eda ofrecido. Ella se lo comi\u00f3 a bocados. Mir\u00e1ndose ambos fijamente mientras ella masticaba el manjar como una ni\u00f1a androide extra\u00f1ada de su proeza. -Qu\u00e9date conmigo, le hab\u00eda dicho \u00e9l &#8211; Y el abrazo abarc\u00f3 el llanto de dos seres distintos.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">Cuando Werther dobla la esquina se cruza con Carlota, que pasa de largo sin reconocerlo, seguida del guarda.<\/p>\n<p style=\"text-align: justify;\">\u00c9l mira su antebrazo. Lucecita roja. Lleg\u00f3 el final.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em><strong>Marisol Gonz\u00e1lez Ram\u00f3n<br \/>\n<\/strong><\/em><em>Vocal de AMULL<\/em><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Universidad de La Laguna, Tenerife<br \/>\nDirectora del magazine de Radio San Borond\u00f3n:<br \/>\n\u201cSIN TO\u0301PICOS CON AMULL\u201d<\/p>\n<p>[\/vc_column_text][vc_separator][vc_column_text]<span style=\"font-size: 8pt;\"><em>Imagen destacada:<\/em><\/span><br \/>\n<span style=\"font-size: 8pt;\"><em><a href=\"https:\/\/commons.wikimedia.org\/wiki\/File:2016-07-19_Paseo_de_las_Adelfas,_The_Generalife,_Alhambra_(2).JPG\">https:\/\/commons.wikimedia.org\/wiki\/File:2016-07-19_Paseo_de_las_Adelfas,_The_Generalife,_Alhambra_(2).JPG<\/a><\/em><\/span>[\/vc_column_text][\/vc_column][\/vc_row]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>[vc_row full_width_row=&#8221;true&#8221;][vc_column][vc_empty_space height=&#8221;16px&#8221;][vc_column_text] Aquella ma\u00f1ana, en un banco del paseo, ella llev\u00f3 la mano del hombre a su frente, lugar donde habitaba la lealtad insertada en su ADN de replicante. 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