LAS RELACIONES INTERPERSONALES
Nos encontramos ante un tema de no fácil cuantificación.
Las relaciones entre personas, inherentes a la propia naturaleza humana, no pasan por un buen momento.
Se habla ya de la Educación “Líquida”. Eso me inquieta. Tal vez porque ello lleve aparejada la poca o nula “solidez” de la que debiera estar dotada
La vorágine de la vida actual, las prisas para todo, esa permanente opresión del pié en el acelerador, conlleva cambios de forma inexorable.
Cuando pululan por doquier Enseñanzas que quieren conducir a una vida más sosegada: “mindfulness”, “relajación”, “vida interior”, etc. parece una paradoja esto que está ocurriendo.
Parecemos tener prisa hasta “para tener prisa”.
Y da igual que el asunto sea en semana laboral, como en días de descanso y sosiego. La prisa está tan presente y enraizada que nos invade.
Queremos rentabilizar el tiempo, hacer más cosas en espacios temporales más cortos. A tal extremo que acabamos agotados, lo que conlleva que busquemos la paz, eso sí, “a toda prisa”.
Nos apuntamos a “Técnicas de Relajación”, pero corriendo y sin perder un minuto.
En cuanto al tema que nos ocupa, ese estado de velocidad constante se traslada a las relaciones interpersonales.
Las más de las veces las despachamos vía “cibernética”.
Y es que resulta muy cómodo parapetarse tras un artilugio electrónico, para obviar un encuentro personal que humanice el trato y no sólo nos aporte un equilibrio emocional deseable, sino, asimismo, para proyectar la imagen de que no hemos perdido ninguna condición.
No es infrecuente asistir a algún encuentro cultural (un Concierto de música, por ejemplo), sin que en plena actuación y en la oscuridad del Teatro, brillen pantallas de móviles, porque pareciera que siempre se antepone algo de carácter más urgente y perentorio.
El “te dejo, que voy con prisa”, es tan corriente, como el hecho de “cruzar el semáforo con el muñeco en rojo”, para pararse a continuación en algún escaparate. ¿Se entiende?
Las relaciones humanas resultan ya tan efímeras, como esas disposiciones oficiales que se establecen por la mañana y se cambian por la tarde. Se matizan por la noche y al día siguiente ya son otra cosa. Y así sucesivamente.
En su fantástico libro “El Laberinto Sentimental”, su Autor, el Sr. José Antonio Marina nos hable de los “Campos Sentimentales. Todo un repertorio en las diferentes culturas”.
Les sugiero su lectura.
Habla el Sr. Marina de esa experiencia de la falta de interés de y por las cosas. El “aburrimiento”. Ese vacío de “sensaciones” atribuido a Kant. Y que, por ello, surjan razones para acelerar la “aparición de nuevas sensaciones”.
Y vuelvo a cuestionarme… ¿Para qué? Tal vez para que, cansados de éstas, ¿busquemos aquéllas otras de las que nos cansaremos con la misma velocidad a la que fuimos a su encuentro…?
Dónde quedó aquella solidez de las cosas bien asentadas, reflexionadas y vividas. También suficientemente experimentadas en el transcurso del tiempo, ese factor que nos permitió a la larga y con sobrada vivencia, darnos cuenta de que, si el tema merecía la pena, ¿acaso era menester cambiar todo o parte?
Y he de serles franco, todo esto no encamina a tranquilizarme. Veo por los niños de ahora, ese frágil futuro que deberá ser nuestro recambio.
Quizá estemos asistiendo a “algo nuevo”, que -a priori- se me aventura como “inquietante”, como falto de basamento, fugaz y con muchas carencias.
Los que ya peinamos canas, los que tenemos elementos de comparación entre “lo que fue y lo que es hoy”, procuramos caminar de puntillas. Tal vez porque nos prima la “prudencia”.
Me recuerda aquella escena de un filme de “Indiana Jones” en la cual, para alcanzar el Santo Grial, tiene que superar la prueba de poner bien el pie, porque una de las baldosas que le acercaban al altar, era “falsa”.
Finalmente, me acerco una vez más al Sr. Marina. “El fracaso, como su etimología indica, es la decepción estrepitosa de un empeño”.
Nos encontramos ante un tema de no fácil cuantificación.
Las relaciones entre personas, inherentes a la propia naturaleza humana, no pasan por un buen momento.
Se habla ya de la Educación “Líquida”. Eso me inquieta. Tal vez porque ello lleve aparejada la poca o nula “solidez” de la que debiera estar dotada
La vorágine de la vida actual, las prisas para todo, esa permanente opresión del pié en el acelerador, conlleva cambios de forma inexorable.
Cuando pululan por doquier Enseñanzas que quieren conducir a una vida más sosegada: “mindfulness”, “relajación”, “vida interior”, etc. parece una paradoja esto que está ocurriendo.
Parecemos tener prisa hasta “para tener prisa”.
Y da igual que el asunto sea en semana laboral, como en días de descanso y sosiego. La prisa está tan presente y enraizada que nos invade.
Queremos rentabilizar el tiempo, hacer más cosas en espacios temporales más cortos. A tal extremo que acabamos agotados, lo que conlleva que busquemos la paz, eso sí, “a toda prisa”.
Nos apuntamos a “Técnicas de Relajación”, pero corriendo y sin perder un minuto.
En cuanto al tema que nos ocupa, ese estado de velocidad constante se traslada a las relaciones interpersonales.
Las más de las veces las despachamos vía “cibernética”.
Y es que resulta muy cómodo parapetarse tras un artilugio electrónico, para obviar un encuentro personal que humanice el trato y no sólo nos aporte un equilibrio emocional deseable, sino, asimismo, para proyectar la imagen de que no hemos perdido ninguna condición.
No es infrecuente asistir a algún encuentro cultural (un Concierto de música, por ejemplo), sin que en plena actuación y en la oscuridad del Teatro, brillen pantallas de móviles, porque pareciera que siempre se antepone algo de carácter más urgente y perentorio.
El “te dejo, que voy con prisa”, es tan corriente, como el hecho de “cruzar el semáforo con el muñeco en rojo”, para pararse a continuación en algún escaparate. ¿Se entiende?
Las relaciones humanas resultan ya tan efímeras, como esas disposiciones oficiales que se establecen por la mañana y se cambian por la tarde. Se matizan por la noche y al día siguiente ya son otra cosa. Y así sucesivamente.
En su fantástico libro “El Laberinto Sentimental”, su Autor, el Sr. José Antonio Marina nos hable de los “Campos Sentimentales. Todo un repertorio en las diferentes culturas”.
Les sugiero su lectura.
Habla el Sr. Marina de esa experiencia de la falta de interés de y por las cosas. El “aburrimiento”. Ese vacío de “sensaciones” atribuido a Kant. Y que, por ello, surjan razones para acelerar la “aparición de nuevas sensaciones”.
Y vuelvo a cuestionarme… ¿Para qué? Tal vez para que, cansados de éstas, ¿busquemos aquéllas otras de las que nos cansaremos con la misma velocidad a la que fuimos a su encuentro…?
Dónde quedó aquella solidez de las cosas bien asentadas, reflexionadas y vividas. También suficientemente experimentadas en el transcurso del tiempo, ese factor que nos permitió a la larga y con sobrada vivencia, darnos cuenta de que, si el tema merecía la pena, ¿acaso era menester cambiar todo o parte?
Y he de serles franco, todo esto no encamina a tranquilizarme. Veo por los niños de ahora, ese frágil futuro que deberá ser nuestro recambio.
Quizá estemos asistiendo a “algo nuevo”, que -a priori- se me aventura como “inquietante”, como falto de basamento, fugaz y con muchas carencias.
Los que ya peinamos canas, los que tenemos elementos de comparación entre “lo que fue y lo que es hoy”, procuramos caminar de puntillas. Tal vez porque nos prima la “prudencia”.
Me recuerda aquella escena de un filme de “Indiana Jones” en la cual, para alcanzar el Santo Grial, tiene que superar la prueba de poner bien el pie, porque una de las baldosas que le acercaban al altar, era “falsa”.
Finalmente, me acerco una vez más al Sr. Marina. “El fracaso, como su etimología indica, es la decepción estrepitosa de un empeño”.
Carlos LLoréns Fernández.
Asociación Aulas de Formación Aberta
Universidad de Vigo.
Asociación Aulas de Formación Aberta
Universidad de Vigo.





























































