Momentos (40)
Con las primeras temperaturas templadas, las dunas y marismas, los montículos que acaban en los acantilados se han cubierto de un verde reciente pero rotundo. Los arbustos que tiñen el suelo no crecerán más, no se harán viejos, ya lo son, por eso adquieren ese verdor oscuro y robusto. Los espartales se desprenden de sus espadañas viejas y leñosas arrojadas por los nuevos brotes, la clavellina rompe sus botones amarillos y rosas, la jarilla, el chumberillo y las azufaifas renacen y pueblan los espacios próximos al mar en Cabo de Gata. Las altivas pitas elevan al cielo su brazo, seco todavía, repleto de brotes como muñones y el palmito abre, como daga de dos filos, sus hojas.
Desde Sierra Nevada desciende, todavía frío y blanco, el viento del pico nevado del Mulacén, recostándose en su descenso en la sierra de Gádor hasta Rodalquilar y Níjar donde provocará boiras y nieblas al encontrarse con el mar algo más templado. A su paso han blanqueado cerezos y almendros y ha llamado a los habitantes de Laujar de Andarax a labrar la tierra preñada de fuentes de agua limpia y renovada.
Con la primavera cercana me he acercado hasta la playa a la que llaman “El playazo”, que traza una banda recta de acantilado a acantilado como un enorme teclado de piano. Las olas llegan pidiendo la vez, lentas de un lado a otro como las manos de un pianista que se desplazan para formar acordes y arpegios en clave mayor, le faltan las teclas negras de bemoles y sostenidos. Y mientras unas olas mantienen las notas bajas, otras forman fugas ascendentes y descendentes sobre millones de piedrecillas que a lo largo de miles de años han ido deshaciéndose en brillantes cada vez más diminutos, hasta formar espacios cuánticos invisibles e inaccesibles.
Me imagino llegar hasta esta playa a Leandro, amante en la obra de Lorca de “Bodas de sangre”, con un amor inconcluso y sangriento, a galope sobre un caballo andaluz que con sus pezuñas desnudas patea los lentiscales, el romero y el tomillo dejando tras de sí una mezcla de olores de plantas carnosas, carnales, camino del cortijo de Níjar.
Desde Cerro Gordo el mar es de un azul intenso próximo al negro, un azul profundo sin concesiones al azul lánguido del cielo. El agua, al golpear los acantilados de granito, primero se hace espuma para luego reposar transparente en calas mínimas.
Yo quiero volver a Rodalquilar con un amor robado, a galope de esa transgresión tantas veces aplazada en mi vida, oliendo a Jean Paul Gaultier y detenerme en la orilla del mar a escuchar a Irene Kral, “Rock me to sleep”, con su voz limpia y cercana y el golpe preciso del piano que la acompaña.
Jesús Jáuregui Gorraiz,
socio de Aulexna, Asociación de la Universidad Pública de Navarra





























































