MOMENTOS (44)
¡Yo no quiero ir a ninguna parte! –Hace una pausa- además, no sé dónde está esa parte.
Es su grito, angustiado, mientras esperábamos nos abrieran la puerta de acceso a la Residencia Psicogeriátrica la noche de fin de año.
Mi amistad con Málaga comenzó a través de sus ojos grandes y siempre abiertos cuando los miraba. “Sí, todo está en los ojos. ¿O tal vez en lo insondable que está detrás de unos ojos?”, escribe Leonardo Padura. Y a través de ese misterioso oscuro de los ojos llegué a la candidez de su sonrisa y a su hablar silente, como diluido en una espuma, preguntando, siempre preguntando cuando le quedaba un poco de descanso en su vivir apresurado y preocupado por los que eran suyos y por cuantos sabían de su cercanía, y también de su juventud.
Su bondad me hizo conocer a su hermana y a su hermano, primero, y a toda su familia más adelante. Su alegría y su humor, difícil para uno del norte, abrió la amistad de sus amigos y su vivencia me hizo conocer a las gentes del barrio de El Palo, sus playas, el viento poniente que riza y verdea las aguas de la Malagueta y el levante que llega desde El Rincón y que azulea, todavía más, el cielo.
Hoy, mi amiga tiene un muro levantado tras sus párpados en el que rebotan mis preguntas y tras el que parece que hay un abismo de vacío cercano a la muerte del razonar. Le tendemos una mano donde agarrarse y, al menos, no caer. Pero ella se siente como el náufrago angustiado, no porque se hunde sino porque ha dejado de ver la costa. Ni siquiera divisa los acantilados peligrosos donde ha aguantado mucho tiempo en lucha con el oleaje de la vida. Un zarpazo injusto, la muerte trágica de su hijo, le hizo soltar la mano y quedar a la deriva. ¡Ay, amiga, de qué forma querías encontrarte con tu pequeño! Lo has intentado alguna vez…, pero allí tampoco estaba él.
Su voz dulce se enreció con el tabaco y sus frases luminosas se hicieron cortas y sueltas, y sus conversaciones se volvieron preguntas. Su tiempo ha pasado más aprisa que el mío. ¡Te nos estás perdiendo!
El abrazo que nos dimos la noche de fin de año al despedirnos dejó sabor a sal de mar en mi cara y secó un poco más el lugar donde aguantan, todavía, las esperanzas. Ya solo nos vemos a través de la sonrisa. No me atrevo a mirarte a los ojos porque también los míos han envejecido y tu mirada sólo pregunta, “¿por qué?”. ¿Cómo te responderé? Tampoco yo sé dónde está nuestra “ninguna parte”.
Jesús Jauregui Gorraiz
Socio de AULEXNA,
Asociación de Alumnos, Universidad de Navarra
Noviembre 2021





























































