

La piel curtida como suela de zapato por el sol de otras caminatas y el calor africano de estos días hacen cambiar de planes al Grupo Andarista, que se reúne a sol puesto. El día está muriendo en una apacible penumbra cuando nos dirigimos al punto de reunión, el mismo de tantas ocasiones, el aparcamiento del Parque de los Cerros. Está cayendo el día en la noche. Vamos a invadir la soledad nocturna de estas tierras, tantas veces atravesadas, que todavía guardan el pulso palpitante de las gentes que estuvieron durante el día. Vamos a hacer, por primera vez, una marcha nocturna. Al llegar, la noche vence, el cielo está casi despejado y un manto de estrellas empieza a engalanar con pequeños puntos de luz la oscuridad del firmamento, el cielo se va coronando de estrellas, las luces colgadas en la noche. El aparcamiento está muy animado, hay bastante gente que, al parecer, ha tenido la misma idea que nosotros.
Como de lo que se trata es de adentrarnos en el monte, elegimos la ruta amarilla, la que lleva al Ecce-Homo. La noche anterior ha llovido, pero el camino es bueno y está seco, con algún charco esporádico. Los frontales y las linternas ponen unos escasos puntos de luz en la noche.
Aunque no hay luna, el polvo blanquecino del camino facilita la visión de la ruta, mientras a nuestra izquierda queda la población encendida dispersando al aire su iluminación. Al ir marchándose la luz, todo se ha vuelto gris, todos los colores han salido huyendo.
La luz en lucha con la noche, con las sombras de la noche deslizándose ya desde los montes. Mientras caminamos, la noche ha cerrado por completo. La noche cae como una sombra más. Alguien ha matado la luz. El anochecer borronea las figuras. Atravesamos la noche, densa, cálida, misteriosa, y el surco que abrimos se cierra de nuevo tras nuestro paso. Ocupamos el espacio de la noche, con sólo la noche a nuestro alrededor. La noche, suave, nos rodea. La oscuridad entra en nosotros lentamente.
La noche, más que tranquila, parece anestesiada. Los días no han dejado de menguar desde junio, y disfrutamos de esta pequeña noche veraniega aspirando a bocanadas el dulce y adormecido aroma de los pinos que jalonan el camino.
Después de caminar un poco, elegimos un lugar llano para instalar el campamento, lo orientamos con la brújula, distinguimos la Osa Polar, el Norte, y vislumbramos Perseo, cerca en el Sureste, por donde es más fácil localizar las Lágrimas.
Por la tarde todavía quedaban algunas nubes, pero ha ido despejando casi completamente. La contaminación lumínica produce un efecto de niebla que impide ver bien las estrellas. Únicamente algunas brillan con más fuerza. Instalados cómodamente nos disponemos a ver las Lágrimas de San Lorenzo, sumidos en un sosiego como de iglesia.
Hemos salido a la noche a contemplar el mapa de las estrellas. Las espesas sombras son ya dueñas del espacio, apenas iluminado por las rutilantes estrellas, multitud que han poblado la vaciedad del cielo surgiendo en la noche. Aparecen lejanas, luciendo duras y frías desde lo profundo de su eterna calma.
Las estrellas innumerables suspendidas sobre el monte, aunque no las distinguimos bien. ¡Qué exuberante y alborotado es el universo!
LÁGRIMAS DE SAN LORENZO O PERSEIDAS
Para los que disfrutan del cielo nocturno, para los amantes de la astronomía, este es uno de los momentos más importantes. Hay que buscar un lugar apartado de la contaminación lumínica para observar el cielo y tratar de ver las Perseidas o las lágrimas de San Lorenzo. Son visibles en el periodo comprendido entre el 17 de julio y el 24 de agosto, correspondiendo el punto álgido con la noche del 12 de agosto. Aunque no es fácil, es posible verlas dada su gran tasa de actividad y la facilidad, puesto que no se requiere ningún aparato. Según los astrónomos, este año 2020 es muy adecuado porque el 12 de agosto coincide con la Luna en fase menguante, aunque es preferible situarse antes de que salga y mirar hacia las zonas más oscuras, al lado contrario del satélite.
La noche del 12 al 13 de agosto se producirá el mayor pico de la lluvia de estrellas de las Perseidas.
Restos del cometa Swift-Tuttle, que produce estos meteoros y que fue descubierto en 1862
Las Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo –nombre desde la Edad Media y el Renacimiento, por tener lugar la noche en que se le recordaba-, como cualquier lluvia de estrellas, son en realidad pequeñas partículas de polvo de distintos tamaños que van dejando cometas o asteroides a lo largo de sus órbitas alrededor del Sol. Al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, se desintegran a gran velocidad creando los trazos de luz que pueden verse.
En concreto, las Perseidas provienen del cometa Swit-Tuttle, descubierto –de forma independiente- en 1862 por los astrónomos Lewis Swift y Horace Pamell Tuttle, que actualmente tiene una tamaño de 26 kilómetros de diámetro, lo que lo convierte en el mayor objeto que de forma periódica se acerca a nuestro planeta.
Pero no vemos las Perseidas.
Tampoco las vemos, pero sentimos algunas presencias inquietantes a nuestro alrededor. Es la hora más oscura de la noche, la hora misteriosa del tiempo delgado, cuando el velo entre este mundo y el de los espíritus suele descorrerse.
Estamos en medio de una naturaleza “salvaje”, el territorio de
Pan, el semidios de los pastores y rebaños en la mitología griega, dios de la fertilidad y de la sexualidad masculina desenfrenada, que se dedicaba a perseguir ninfas por los bosques. Era cazador, curandero y músico, portaba el cayado o bastón de pastor y tocaba la siringa (flauta de Pan). El temor que sufrían manadas y rebaños al tronar y con la caída de rayos se le atribuía a él, de ahí la palabra pánico.
Apreciamos el silencio, como Meretseguer, la patrona de la necrópolis tebana, la diosa que desde los cerros velaba por el Valle de los Reyes, en la religión de los antiguos egipcios. Contemplamos en silencio a Nut, de vientre estrellado, la diosa de la bóveda celeste. Valoramos el orden cósmico dirigido por Maat, diosa de la justicia, en este mes de Paope, segundo de la estación de Akhet, la inundación. Aposentados en la tierra, de la que Isis, la gran maga, era la madre, entendemos la lucha de Apofis, la serpiente, que cada noche porfía por destruir a Ra, el sol, y la maldad de Shu, dios del aire, que separó a los esposos, Geb, la tierra, y Nut, la bóveda celeste, para que no pudieran amarse. Aunque todavía no ha aparecido Aah, dios de la luna – su nombre significa simplemente “Luna”-, seguimos sin ver bien las estrellas.
No hay suerte, ni el lugar –tan cerca de la ciudad- es el adecuado. No vemos muchas Perseidas, para ser exactos y poder mantener el plural, vemos dos. Aquí dormiríamos mejor que en casa, pero, después de un tiempo, decidimos volver. El proceso ha sido mucho más entretenido que el resultado.
“El mentir de las estrellas es muy seguro mentir porque ninguno ha de ir a preguntárselo a ellas”.
(Francisco de Quevedo).
Bajo la eterna vigilancia de las estrellas, en el regreso trazamos un itinerario algo diferente, rodeados por la noche impenetrable, cercados por la negrura. Entre la oscuridad de cielo y tierra, nuestras pequeñas luces. Nos hundimos en la oscuridad, atravesamos lentamente la negrura de la noche.
“La vía láctea cabalgaba en el cielo, arco triunfal de eterna luz, arrojada sobre la tierra y sus senderos tenebrosos”
(Joseph Conrad, El negro del Narciso).
Estas caminatas han sido uno de los pilares que sostenían el universo de fantasía donde hemos vivido hasta este momento. Separados de nuestro medio, nuestra piel se desprendía y renacía fresca, curiosa, dispuesta a la aventura. Nuestra actividad le ha puesto color a una realidad que inexorablemente iba perdiendo brillo en la cotidianidad, quizá con pocos hitos significativos. Ahora, con esta salida nocturna se cierra el ciclo de este curso atípico en el que hemos aterrizado en la dura realidad. Nuestro movimiento termina y quedamos congelados, detenidos en el tiempo, como un truco cinematográfico.
No hemos paseado tranquilamente por la geografía de la imaginación, no nos hemos eternizado en un pasado mitológico de episodios y anécdotas, no hemos perdido el ánimo de la vida sintiendo que todo alrededor se volvía pálido y tenue. Por eso no queremos abandonarnos a la nostalgia del pasado, este pensamiento no puede ser una romería al pasado, las interesantes caminatas no pueden mezclarse en la memoria como una sola aventura de Marco Polo.
Queremos seguir viendo semejante despliegue de emoción, no nos cansamos del esfuerzo de mantenernos jóvenes y activos a base de voluntad, sin ceder a la tentación del reposo. Todavía anhelamos sorpresas del futuro. Se dice que cuando logras imaginar lo que haces y hacer lo que imaginas, todo de forma simultánea, desaparece la ansiedad de tu vida. Nosotros no tenemos ansiedad. Por eso de la quietud actual nacerá la inspiración para nuevos movimientos.
Un recuerdo.
El aire de la noche está lleno de ausencias.
José Luís Salas Oliván
Vocal de AUDEMA
Asociación de Alumnos Mayores Universidad de Alcalá







































































