Momentos (42)
Otra vez Cortázar con su relato templado de buen torero, lento y de detalle que te hace sentir la piel y el pensar mismo de los personajes, por las calles de París en sus andanzas nocturnas: Saint Germain, boulevard de Saint Michel, la plaza de Saint Sulpice, el Sena.
He vuelto a leer a Julio Cortázar y a sentir envidia de sus personajes, de él mismo como relator de historias simuladas o sucedidas. Y he vuelto a desear, en pasado, sumergir mi oscura juventud, en los ambientes del barrio junto al Sena y las calles medievales que rodean Sain-Severin, santo antiguo en piedra gótica de columnas que ascienden retorciéndose a la cúspide de su iglesia. Calles de esquinas inmediatas que ocultan, hasta el final, los trazados irregulares de las siguientes calles.
Y el transitar nocturno de músicos de jazz, literatos en busca de tipos que completen sus tramas, pintores, amigos que buscan amigos para tomar la última copa en un apartamento abuhardillado y sin ventilación. Humo de Gaullois y de marihuana, sudor de sexo y frío de pobre parisino. Y envolviendo todo, la música persistente y repetitiva del saxo de Johnny Carter o la voz de Tica. Y conversación pastosa y desarticulada sobre el tiempo detenido al que llaman “siempre”, sobre el conocer de uno mismo, sobre el río cercano y un próximo final, “lo fantástico procede siempre de lo cotidiano”.

Mayo del 68, todavía guardo las cartas con sus sobres, a alguno le falta el sello de correo que recorté para mi colección, que Bibiana y Lurdes me escribían desde París en los primeros meses de este año 1968. La última, fechada en el mes de mayo, se la entregué, con devoción, a mi amiga Lurdes que, finalmente, se casó con mi primer amigo de juventud. Acababa de morir, temprano, de cáncer. Cartas recibidas, casi siempre escritas con trazos irregulares, que eran llamadas de ayuda y a las que contestaba, –¿las habrán destruido?, me pregunto-, con esperanzas y promesas de vernos pronto. ¿Por qué no huí a París? Todavía no había leído a Cortázar y, seguramente, en aquellos años de torpe juventud, tenía veintiún años, me hubiera asustado el mundo que tanto me gusta leer en los libros de Julio Cortázar. Lo más probable, hubiera ido a París y me habría convertido en un administrativo empleado en despachos de cristaleras y mostradores de madera, me habría alojado en barrios incipientes, Porte de Versalles, para obreros de la Renault, y me habría acomodado a una vida rectilínea de horarios afrancesados. Es lo que después hice en mi vida, sin correr a París.
Pero hoy, cercano a los setenta, -me obsesiona tener más años de los que cumplo-, me gusta pensar en París, donde he acudido varias veces y, la última, tristemente para enterrar a mi hermana. Y relaciono los libros de Cortázar y las cartas de mis amigas que guardo y el gregoriano que en esta visita escuché en Notre Dame y el tortuoso visionado de las calles latinas de París y mi acomodo actual y mi tiempo “siempre” hecho de “mañana” y mi deseo incompleto. “Tú no haces más que contar el tiempo”, le dice Johnny a Cortázar.
Mientras escribo, escucho “Side by side” de Ducke Ellington y Johnny Hodges y trato de convencerme, en frase de Cortázar referida a su personaje “El perseguidor”, “no puede ser que no haya otra cosa, no puede ser que estemos tan cerca, tan del otro lado de la puerta”.
No pasa el tiempo, caminamos sobre el tiempo inmóvil y, de vez en cuando, miramos hacia atrás y ahí está el tiempo perdido esperando ser recorrido.
Jesús Jauregui Gorraiz, socio de Aulexna,
(Asociación de Alumnos de la Universidad de Navarra)
Pamplona/Iruña, julio 2021





























































