
A las cuatro y media de la tarde, con un tiempo frío y lluvioso, estamos, los asistentes a la visita, preparados para empezar.
Primero, nos dirigimos al centro Conde Duque a ver el despacho de Ramón Gómez de la Serna. Atravesamos las diferentes puertas, el enorme patio adoquinado y, en la segunda planta, como en una pecera metido, se encuentra el despacho del escritor. Cuesta trabajo fijar la vista en un objeto tal es la profusión de elementos que allí se encuentran: montones de fotografías y recortes de revistas tapizan paredes, biombos, lámparas… Mil figuras de animales, desde una rana gigante hasta un gato de porcelana, un cuervo, una caracola, libros también en gran cantidad, colecciones de mariposas disecadas, un pájaro en su dorada jaula, un bote como los que contienen las pociones de la farmacia con un letrero donde se lee “Ideas”, etc. En fin, un mundo mágico que cuesta trabajo desentrañar mientras vamos dando vueltas a su alrededor.
Terminada la visita del despacho y asombrados de la peculiaridad del lugar y del autor, nos dirigimos a la Casa de México para ver la exposición de Diego Rivera.
En la escalinata de entrada, nos recibe la guía que nos va a acompañar y explicar la obra y vida del pintor. Lo primero, nos sitúa en el edificio que estamos, un palacete de primeros del siglo XX que ha sido cedido por el Ayuntamiento de Madrid para servir de puente entre las dos culturas; en México existe una Casa de España que realiza las mismas funciones.
Nos cuenta la guía que cuentan con biblioteca, auditorio, una colección de arte mexicano, tienda de arte popular, salas de exposiciones y restaurante, y que organizan conferencias, visionados de películas y diversas actividades para niños y adultos.
Subimos a la primera planta, donde se encuentran las obras que venimos a visitar. Son veinte cuadros que muestran un recorrido por la obra del autor empezando por su época de estudiante de arte en México y pasando por sus diferentes estancias en Europa donde se relacionó con los grandes maestros de la pintura europea; sus obras de esta época exploran el cubismo pero su pintura va evolucionando y vemos obras de inspiración puntillista, expresionista y de la órbita de Cézanne.
A su regreso a México, Rivera experimenta con el muralismo donde la figura principal es el campesino y la gente del pueblo. A través de sus murales, habla de temas sociales e históricos con gran colorido y expresividad.
De todo este periplo, contemplamos en las diferentes salas muestras de su evolución: destacan los retratos de su madre, de la época de cuando era estudiante en México, de su primera esposa Angelina Beloff y el retrato de su segunda esposa, Lupe Marín, de tintes expresionistas, el retrato del escultor y Desnudo con girasoles, obra de su etapa de México que pertenece a la serie de pinturas de personajes del pueblo, llenas de colorido.
Nos habla, también, la guía, de la vida del pintor: nacido en Guanajuato en 1886, perteneció a una familia acomodada y desde niño destacó pintando. Ingresó, primero, en la academia San Carlos en Veracruz y partió becado para Europa, donde permaneció varios años. A su vuelta definitiva a México, se convirtió en una gran figura retratando, en sus murales, el pueblo mexicano.
Fue un hombre comprometido políticamente; perteneció al partido comunista y tras su expulsión siguió con postulados izquierdistas.
Pero lo más polémico de su biografía fue su relación con las mujeres. Tuvo tres esposas y numerosas amantes, siendo su tercera esposa Frida Kahlo.
Por último, pasamos a una sala con la reproducción del mural “Sueño de una tarde dominical en la alameda central” y una performance de figuras sacadas de la pintura, entre las que podemos pasear.
Ahí vemos, a tamaño real, a Hernán Cortés con las manos ensangrentadas, a Sor Juana Inés de la Cruz, Maximiliano y su esposa Carlota, Madero, Porfirio Díaz y Frida Kahlo; hay también una Catrina, indios, vendedores ambulantes, ladronzuelos y campesinos, todos sacados del mural, como si hubieran cobrado vida.
Con esta sala terminamos la visita y bajamos a la cafetería donde nos esperan un café y unos dulces típicos mexicanos que están buenísimos y de sabores sorprendentes como el de mango o guacamole o, el más atrevido, de chocolate picante.






























































