
Hora: 5:48 A.m.
Hussein abrió los ojos a un nuevo día, estiró los pies en el húmedo suelo, rezó su oración diaria, esperó unos segundos y la realidad despertó con él.
El dolor de muelas que le atormentó durante todo el día anterior había desaparecido.
– “No está mal para empezar el día” (murmuró por lo bajo).
Observó durante un momento la infinidad de estrellas que aullaban su luz en el firmamento, y pensó que, probablemente, muchas de esas estrellas que ahora observaba habrían desaparecido hacía mucho tiempo, y que esa luz que él veía no era más que una fantasía o un espectro de algo que fue real, pero que ahora, sin existir, seguía brillando.
¿Ocurriría lo mismo con las personas?
Él creía que sí, estaba convencido de que al morir, su energía vital, su luz interior, seguiría brillando para aquellas personas que supieran mirar y ver. Quizás sus amigos más cercanos, sus padres y también para la mujer que había dejado atrás, prometiéndole un pronto reencuentro y una vida mejor. Esos pensamientos le colmaban de esperanza y le daban la fuerza y el valor necesario para seguir adelante y enfrentarse a lo desconocido.
De su mochila extrajo una navaja y un pequeño espejo en el que se miró y observó un rostro ojeroso, desconocido, que achacó enseguida a la mortecina luz de la luna, se humedeció la cara y el cuello con un poco de agua grasienta que cogió entre sus manos del fondo de la patera, y usando su pequeña navaja a modo de cuchilla de afeitar, fue rascando lentamente la piel morena de su cuello y cara curtida por el sol y el salitre.
Aún no había amanecido, pero frente a él, a lo lejos en el horizonte, comenzaban a aparecer diferentes tonos de colores: naranjas y rojos sobre todo, que darían paso (él ya lo sabía) a un resplandeciente tono amarillo que poco a poco iría ocupando toda la línea del horizonte. Era todo un regalo para el espíritu ver emerger del océano esa gran esfera de luz, y en sus oraciones de todas las mañanas daba gracias al Profeta una y otra vez por permitirle ver -un día más- la grandiosa obra de su Dios Allah, “El Creador De Todo”. Siempre se dirigía a ese dios omnipotente usando las palabras que aprendió de su padre:
“Yo me consagro a tu servicio, oh, Dios, tú no tienes compañero, excepto las divinidades que forman tu cohorte, pero de las cuales eres tú el dueño y soberano como de todo lo que depende de ellas”.
También sabía que ese espectáculo de luz se convertiría dentro de muy poco tiempo en un infierno de calor, sudor y vómitos.
Afeitarse era un pequeño ritual que llevaba a cabo todas las mañanas antes de que los demás despertaran y que de alguna forma que no llegaba a entender parecía confirmarle la normalidad existente en todos los frentes de su vida y le auguraba un final feliz en su travesía al Nuevo Mundo.
– “Todo va bien Hussein, veremos cómo va la mañana, pero no te aventures mucho más allá” (susurró una voz en su cabeza).
Por algún resquicio de su alma soñolienta intentaba asomar aún ese sentimiento de desamparo, de desasosiego, que muchas veces le perseguía como una sombra de la que es imposible deshacerse. Dio un manotazo al aire intentando apartar de su sentido ese insistente y enfermizo sentimiento de infelicidad y mientras observaba de reojo como la luz inundaba todo su diminuto mundo flotante, dejando a la vista cuerpos que dormitaban aquí y allá, cayó en la cuenta de que mientras se afeitaba, en su pequeño espejo había ido apareciendo, reflejado, un nuevo rostro, mucho más familiar y tranquilizador.
Devolvió la navaja y el espejo a su mochila y examinó su interior fingiendo que buscara algo, como si no supiera que allí no había nada más, con la vista perdida en el horizonte, temeroso del resplandor que se acercaba.
Las estrellas habían desaparecido.
El zarandeo de la barcaza le sacó de su ensueño.
Extrajo por segunda vez el pequeño espejo, y observando nuevamente su rostro, le habló sin disimulo, sin tapujos, mirándose directamente a los ojos:
¡Ánimo, Hussein! ¡Ánimo!
¡Ánimo! Le respondió su imagen reflejada.






























































