
Después de dos aplazamientos desde que se programó en 2019, al fin llegó el día y partimos el 19 de octubre, de nuestro lugar de salida habitual, rumbo al aeropuerto de Málaga. Casi un mes que se inició el otoño, pero con temperaturas veraniegas que nos acompañarán hasta nuestro regreso.

Tras de una breve escala en Estambul, llegaríamos al aeropuerto de Kayseri, Cesarea en época romana, para desde allí dirigirnos en bus a Nevşehir ya en la región de Capadocia. La cancelación del vuelo programado hizo que nuestra llegada se retrasara hasta altas horas de la madrugada.
En el primer día de nuestro recorrido por Capadocia, con la resaca de haber dormido poco, comprobamos que, aunque la expectativa del grupo por conocer esta región del interior de Turquía era muy alta, fue mayor la sorpresa. El Castillo de Uchisar cautivará nuestras miradas y desata el ímpetu por querer recoger con nuestras cámaras lo que veían nuestros ojos. No era un castillo de los muchos que hubiéramos podido ver en otros viajes, era único. Rápidamente entendimos que no íbamos a ver construcciones en la zona si no esculturas: la naturaleza, hace 3.000 millones de años, sembró esta zona, de forma caprichosa, de montículos y chimeneas que la mano del hombre iría perforando para convertir en refugio de las inclemencias del tiempo y de otros humanos que le perseguían a sus habitantes para desalojarlos de la zona o por sus prácticas religiosas.

No nos habíamos recuperado de la emoción cuando llegamos al valle de Göreme, también conocido como Museo al aire libre de Göreme, declarado patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985. Los asentamientos en el área comenzaron en los siglos III y IV, cuando los cristianos del período romano fundaron varios monasterios. Como la mayoría de las construcciones en Capadocia, no se trataba de edificios, sino de sitios excavados en la roca, en forma de cuevas artificiales. Aún existen restos de monumentos, capillas (de Santa Bárbara y San Basilio), alcobas, almacenes e iglesias (de la serpiente, con frescos de Constantino El Grande y su madre Santa Elena, y de la manzana, iglesia con cuatro columnas, tres ábsides y una impresionante colección de frescos). El lugar cautiva por su belleza natural, sus dimensiones y cómo la mano del hombre, con medios tan rudimentarios, ha tallado estas esculturas de varias plantas (en el caso del castillo de Uchisar hasta once). Es una constante, en todas estas formaciones rocosas, lo que llaman casas de palomas, esculpidas en la roca, cavidades hechas para tal fin por sus antiguos moradores y que, como en el valle de las palomas, aún hoy son ocupadas por estas aves. El valle de Pasabag, con sus chimeneas de hadas, cuya forma se asemeja a un boletus, y el Museo al aire libre de Zelve completan nuestro recorrido por esta impresionante región que, ni en los primeros meses de la pandemia del Covid, ha dejado de recibir la visita de turistas.

Si es espectacular acercase a todas esta formaciones naturales, adentrándose en el interior de algunas o contemplándolas desde alguno de los estratégicos miradores, sobrevolarlas en globo ha sido una experiencia única y que recomiendo que no se pierda cualquier viajero que visite la zona.
Nuestro quinto día de viaje lo iniciamos en la ciudad de Kusadasi, ciudad costera en el mar Egeo, desde la que nos dirigimos hacia Éfeso y donde llegaríamos después de visitar la Casa de la Virgen María, supuesta última morada de la madre de Jesús. Aún con las imágenes nítidas de las formaciones rocosas de la Capadocia, nos sobrecoge la grandeza de Éfeso, Sus ruinas, fruto de un terremoto y del abandono, y las escasas reconstrucciones, sirven para hacernos una idea de esta ciudad greco-romana que llegaría a ser la tercera ciudad, por número de habitantes, del Imperio Romano, después de Roma y Alejandría. Nos vamos admirando la grandeza y la belleza que se intuye en los restos existentes.
Para el sexto día nos esperaba Pamukkale. También aquí ha llegado el cambio climático y las fotografías que habíamos visto de sus piscinas naturales de aguas termales, escalonadas en una montaña de algodón, son historia, hoy solo tienen agua tres o cuatro, aunque también tiene su belleza esa montaña de gruesas capas blancas de piedra caliza y travertino que bajan en forma de cascadas por la ladera, lo que da la sensación de estar ante una catarata congelada. Estas formaciones también adquieren el aspecto de terrazas de travertino en forma de medialuna. Junto a la naturaleza, nuevamente la mano del hombre. A escasos metros de las piscinas termales nos sorprenden los restos de Hierápolis, antigua ciudad helenística, Patrimonio de la humanidad desde 1998. A los griegos le seguirían romanos y seléucidas, una historia de terremotos y reconstrucciones hasta que el de 1354 la destruye completamente. Las reconstrucciones del Templo de Apolo, del teatro y varias puertas, y los restos esparcidos en una amplia zona nos dan idea de la importancia que tuvo en el pasado.
Los tres últimos días los pasaríamos en Estambul, anteriormente Bizancio y después Constantinopla. Mezquitas, comercios, el Bósforo, el Cuerno de Oro, ciudad en dos continentes, cao de circulación, aglomeraciones humanas y pillería, ingredientes del coctel de esta ciudad de más de 15 millones de habitantes que en tres días solo se puede intuir su grandeza. Las Murallas de Teodosio, Hipódromo Romano, Palacio Topkapi, “bazar de las especias”, Gran Bazar, la calle Istiklal, como escaparate de las grandes marcas internacionales, Cisterna de Bizancio, Basílica de Santa Sofía, hoy mezquita, y la Mezquita Azul son los lugares que visitamos acompañados por nuestro guía y que nos aproximan a hacernos una idea de lo que fue esta ciudad durante el Imperio Romano y Bizantino, su transformación de ciudad cristiana en ciudad musulmana tras la caída de Constantinopla ante los otomanos y su transformación en los últimos 70 años, en los que ha multiplicado por quince su población. Pero es el paseo en barco por el Bósforo y la subida a la Torre Gálata, con vistas de 360 grados, lo que nos permite tener una visión general de la ciudad y disfrutar de sus mejores vistas. Con todas estas sensaciones y el cansancio propio de los días vividos con intensidad, la espera hasta la hora de embarque nos permite disfrutar de uno de los mayores aeropuertos del mundo, inaugurado en 2018.
Manuel Corrales Carretero
Alumno del APFA y Vocal de Cultura de ALUMA
Universidad de Granada





























































