Culpa y responsabilidad

D. Manuel Pérez Villanueva.
Especialista en Salud Mental y aplicación a la Clínica de las Ciencias Humanas y Sociales
Culpabilidad, responsabilidad, motivación y conducta, son conceptos claramente interrelacionados.
Así, por ejemplo, podemos defender la falta de culpa de quien se droga y a causa de ello realiza actos reprobables, declarando que es víctima de una adicción a la que no puede sustraerse.
En este sentido, su motivación para drogarse recordaría a ese determinismo por razón del cual el olor del vino atrae a los mosquitos, llevándolo a él, en su caso, a cometer los citados actos.
¿Quiere esto decir que no debemos castigar tales acciones con medidas punitivas?, ¿que no cabe arbitrar leyes y establecer penas destinadas a que un sujeto deje de atentar contra su salud y contra los demás? ¿que no debe ser castigado si su drogadicción, de acuerdo con las motivaciones instauradas en él por un determinado entorno, lo convierte en un autómata?
En absoluto.
Cierto es que, efectivamente, el sujeto sometido a un vicio irrefrenable no es culpable como tal de los males que, directa o indirectamente, en razón del mismo causa; pero sí es responsable de haber contraído tal vicio.
Si un conductor, tras una noche de juerga, maneja el volante ebrio, probablemente cometerá un atropello. Y alguien podrá decir que no es culpable por cuanto que no era consciente de sus actos.
No es culpable en el sentido de haber ejercido una conducta perversa por propia voluntad. Pero sí es responsable de haber facilitado que la misma ocurriese por el mero hecho de haberse emborrachado.
Una cosa es la acción de la que se pide culpabilidad y por la que se exige castigo, que bien puede ser inconsciente, y otra el que no se evite que tal acción pueda darse.
La culpabilidad remite al suceso, la responsabilidad a la “manera de ser y de comportarse”, es decir, a nuestros hábitos de conducta en los cuales sí podemos influir a priori a fin de crear un carácter incompatible con la ejecución de hechos indeseables.
El abstemio puede muy bien serlo por haberse inclinado voluntariamente a no beber en vista de las posibles consecuencias desastrosas. O acaso porque la sociedad lo sometió a un entorno en el cual ser abstemio era motivante.
En este último caso seguimos hablando de motivaciones. Pero la sociedad, para crear tal entorno y los bienes que de él se derivan, precisa establecer el concepto de responsabilidad y, al mismo tiempo, atribuir a cada cual las consecuencias de su conducta como dimanantes de un carácter en cuya construcción, aún con la contribución del ambiente, tiene cada individuo mucho que ver.
De lo cual se sigue que toda conducta nociva deba ser seguida de correctores privados, pero también que la responsabilidad debe ser instaurada a priori en el individuo, manejando el entorno que se le procura, por lo que en toda acción punible cabe hallar responsabilidad en mayor o menor medida en quienes crean ambientes en los cuales la vivencia de la misma es precaria o nula, no pudiendo achacarse al sujeto en tal caso el ciento por ciento de culpa por los actos punibles que cometa.
En febrero de 2013 la prensa informaba sobre Shin Donghyuk, un hombre que pasó los primeros 23 años de su vida prisionero en el Campo número 14 de Corea del Norte. Ahora, con 30, relataba las torturas a las que fue sometido en tal lugar, construido a imagen y semejanza de los «gulags» estalinistas.
El padre y el abuelo de Shin habían sido enviados al campo después de que dos de sus tíos escaparan a Corea del Sur, por lo tanto Shin era «culpable por asociación» antes de haber nacido. Esta norma, hoy por hoy, castiga en Corea del Norte a tres generaciones consecutivas de una misma familia si uno de sus miembros comete una infracción.
En su crianza, Shin aprendió que los presos que no denunciaran las acciones «negativas» de los demás prisioneros serían castigados con la pena de muerte. Tal aprendizaje era lo que su entorno le predicaba y la hacía observar. Él mismo asistió a la ejecución de su madre y de su hermano tras haber sido delatados por él ante uno de los guardianes. Tenía solo 13 años y no sintió ningún arrepentimiento. Había sido creado el ambiente propicio que instauró la motivación adecuada, con ausencia de responsabilidad y sin sensación de culpa. En tal sentido, las acciones de Shin estaban prácticamente determinadas y se seguían del entorno con la misma mecánica inexorable con la que la muerte sigue a un tiro en la nuca.
«Sólo ahora me doy cuenta de que los quería», reconoció Shin, según añadía la noticia.
Mientras estaba en los campos no desarrolló cariño por nada ni por nadie. Su relación con otros seres humanos se reducía a una competición por la comida. Tampoco fue consciente de lo que ocurría en el mundo exterior, hasta que tomó contacto con un recluso que había vivido en el extranjero. No fueron los relatos sobre la vida en libertad los que le invitaron a dejar su cautiverio, sino la comida. «Me fugué, -confiesa-, sólo porque quería probar los alimentos de los que me habían hablado», Condicionado por lo único que conocía, Shin era un hombre anulado. «No comprendía el sentido de la libertad».
Este es un claro ejemplo de acciones culposas cuya responsabilidad no recae en su ejecutor, ni siquiera en el carácter que el mismo “se forjó”, sino en quienes crearon el entorno para que tal carácter se esculpiese en él. En concreto en las autoridades del Campo 14.
Pero podría discutirse todavía sobre el punto en el cual concluye esa responsabilidad individual en la propiciación de ambientes en los que un hombre se convierte en un ser carente de la misma, lo cual, como una y otra vez comprobamos, muy bien puede conseguirse a través de la denigración, la privación, el abandono, el refuerzo o el castigo. Podría argumentare que tales autoridades del Campo 14 estaban sujetas a su vez a otro entorno propio y distinto y así sucesivamente. Pero siempre volveríamos a lo mismo y casi siempre llegaríamos a la conclusión de que existen en cada acto conductual connotaciones achacables a otras personas, las cuales conforman una extensa cadena de responsabilidades que no hacen fácil establecer con precisión ni de forma concreta lo que es debido claramente a cada cual y lo que es debido al sistema ecológico y social en el que el mismo se desarrolla, ya que en cada caso las aportaciones de lo externo al modo de ser y de comportarse del propio sujeto serán más o menos influyentes o más o menos determinantes.
Es por ello muy difícil culpar de manera absoluta al individuo por sus actos, pero también lo es eximirle de toda contribución en la forja de lo que, con el tiempo, haya venido a ser.
Lo que sí queda claro es que es urgente instaurar en el ambiente social el necesario clima propiciador de la buena conducta y achacar a los individuos con poder suficiente para alterar tal clima la responsabilidad por sus actuaciones, pasando el ejecutor de lo repudiable, con los atenuantes precisos, a ser sometido no tanto al castigo como a la reeducación, no tanto al ensañamiento en su persona como a la utilización de la misma como ejemplo disuasorio, no tanto a la venganza como a la subsanación o “cura” de los errores conductuales que aparecen en él, al igual que aparecen zonas infectadas o señales de enfermedad en el cuerpo de los animales criados en establos malsanos.
Quedaría aún la cuestión de qué conducta ha de considerarse errónea y por qué ha de considerarse así, cuestión sobre la cual la luz ha de venir por el análisis de lo pertinente con respecto a la supervivencia de la especie, a la armonía social y ambiental, al incremento del bienestar y de la libertad en el mundo, a la realización del hombre, a la posibilidad de actualización de sus implícitos potenciales y a la materialización de sus más valiosas ideaciones…, en fin, a la salvaguarda de los intereses del mayor número posible de personas y de seres, lo cual viene a ser decir la atención a los intereses inherentes a esa vida que sin tregua se desparrama por el cosmos pidiendo ser respetada y apoyada y en la cual, las acciones perversas, no siempre se inician en quien las ejecuta ni siempre pueden ser corregidas actuando únicamente sobre él.
Manuel Pérez Villanueva.
“Especialista en Salud Mental y aplicación a la Clínica de las Ciencias Humanas y Sociales”
































































