El deber

D. MANUEL PÉREZ VILLANUEVA.
Especialista en Salud Mental y aplicación a la Clínica de las Ciencias Humanas y Sociales
A menudo observamos entre los animales conductas realizadas a favor de un individuo de las cuales no se deriva directamente beneficio alguno para su ejecutor.
El despiojarse de los monos, por ejemplo, o la actuación de las termitas ante el derrumbamiento de su galería, que taponarán los huecos con sus cuerpos, los cuales, así expuestos a la luz, fenecerán, por no citar prácticas de ratones, chimpancés o elefantes, observadas bajo experimentación, que dejan patente la ejecución por parte de los mismos de comportamientos de cooperación,
Los biólogos y etólogos bien pronto nos hacen ver cómo, por muy empáticas que tales conductas nos parezcan, no se esconde en ellas prueba alguna de afecto desinteresado o de espontánea simpatía, sino que se trata mas bien de pragmáticas acciones que han decantado evolutivamente entre los miembros de la especie por puro beneficio grupal y, por ende, individual, siendo la evolución la encargada de privilegiar la pervivencia de las colectividades que realizan determinadas acciones, la cuales, aun cuando en ocasiones y a primera vista no parecen reportar un beneficio inmediato al citado individuo, sí lo reportan a la especie, una especie que en adelante se compondrá principalmente de ejemplares detentadores de tales conductas.
Es evidente que dicho modo de actuar se encuentra en la base de gran parte del comportamiento humano, si bien la capacidad de pensar del hombre, y de pensar sobre su conducta y sus consecuencias, pronto hace que lo que en principio pudiera señalarse como puro automatismo biológico, pronto se abra en un complejo abanico de posibilidades susceptible de ser afrontado de múltiples formas, con lo cual y por darse en el ser humano la conducta de elegir, aparece la cuestión del deber acerca de los propios actos e incluso la problemática de la controvertida libertad.
Es cierto que siempre elegimos aquello que más nos refuerza. Pero también es cierto que las vicisitudes y los diversos intervinientes a que estamos sujetos hacen cambiar lo que más nos refuerza. Y como muchas de esas vicisitudes y de esos intervinientes son promovidos por nosotros mismos, se genera así un circulo de interacciones que nos permite hablar, a la hora de la praxis y a efectos operativos, de una cierta libertad.
Un novio sacrifica su vida por el bien de su amada, una madre se queda sin comer por que pueda hacerlo su hijo, un individuo aclamado por la multitud realiza un acto heroico inesperado en él, lo cual enardece todavía más a sus admiradores, un transeúnte da una limosna a un mendigo que le impresiona o que le cae simpático.
Son todos actos promovidos por la emoción y el sentimiento. Y es esa emoción y ese sentimiento lo que la naturaleza ha procurado que permanezca ahí a fin de promover las conductas que mantengan en pie a la especie.
Kant, sin embargo, racionalizador máximo, no nos habló de compasión, ni de simpatía, ni siquiera de amor, sino de deber.
El médico que impertérrito y sin el menor tinte de sentimentalismo atiende a las víctimas de una epidemia en medio de una ciudad de la que todos han huido, haciéndolo tan sólo porque es médico, el soldado que avanza en solitario hacia un puesto de ametralladoras porque su capitán así se lo ha ordenado, el bombero que no duda en adentrarse en un edificio en llamas con la naturalidad con la que un empleado de oficina se sienta cada día en su puesto, el fontanero que introduce sus manos en nauseabundos recovecos, el capitán que ni se para a pensar si debe ser el último en abandonar el barco cuando este zozobra, el policía que, ante una ofensa a tercero, se enfrenta con un vándalo que le supera en fuerza sin necesidad de que la rabia lo impulse, el forense que sin alharacas mueve y remueve materiales que a muchos harían vomitar, el empleado de una central nuclear que se mantiene en su puesto mientras un escape posiblemente peligroso no queda controlado…, es posible que todas esas conductas deriven de iniciales pautas establecidas por nuestros genes y mantenidas por el proceso evolutivo, pero desde luego estamos aquí ante algo muy diferente a lo que la emoción, la empatía, el sentimentalismo o las pautas biológicas, pueden explicarnos, aparte de que explicar una derivación no aclara del todo una conducta.
Aquí hace falta algo más, algo específico del hombre que es nuevo en el proceso general de la naturaleza; aquí no intervienen las “neuronas espejo”, no puede hablarse de la compasión de Schopenhauer ni del reflujo de favores que pueda reportarnos el individuo o los individuos beneficiados por nuestra acción; aquí no podemos tirar del sentimiento, del instinto, de la piedad o de la misericordia, para dar cuenta de por qué se producen tales modos de obrar en las circunstancias que los demandan y en la forma en que se producen.
Aquí se trata sencillamente del deber.
Aséptico y aparentemente frío, austero y sin necesidad de apelación a premio o a castigo, a mérito o a demérito, cotidiano y por veces inadvertido, rutinario a menudo, anónimo en muchas ocasiones, así es cómo se desarrolla y cómo se decanta día tras día en miles de millones de actos importantes o sencillos esparcidos sobre la faz de la tierra el cumplimiento del deber.

Por deber actúa el hombre más allá de cuanto la naturaleza le obliga a hacer por medio de los sentimientos de empatía que en él implanta, con lo cual la acción benéfica de sus actos se ejecuta sin elección y de modo no selectivo, cual si el rostro de ese ser que otrora causaba nuestra simpatía o nuestra inclinación disparadora de la acción propicia, pasase a ser ahora reemplazado por la abstracta sociedad en conjunto, la cual se trasluce así en cada sujeto como si éste fuese tan sólo su puntual representante.
Siendo esto así, sin duda alguna el ejercicio puro y simple del deber está muy por encima, en cuanto a mérito, a evolución y a eficacia, de todo acto realizado por el acicate del instinto, de la emoción, la misericordia o la piedad, porque éste último nace de nuestro cerebro más primitivo y en parte es compartido por nosotros con los animales, por mucho desarrollo que alcance su manifestación en el ser humano.
Pero el cumplimiento del deber sólo puede salir de la razón y haber sido encastrado en nuestro comportamiento por medio de una parsimoniosa forma de moldeado a la que sólo puede someternos la sociedad humana.
Tres personas se hayan en la habitación de un enfermo.
El médico entra y declara que la enfermedad que tiene el paciente es altamente infecciosa y con una tasa elevadísima de mortalidad.
Ante esto, una de las tres personas, un amigo del diagnosticado, abandona la habitación entre disculpas, alegando a que en su casa hay niños, que trabaja en un colegio…
La otra, que es la madre del enfermo, entre sollozos y emocionados gestos de angustia, declara que, a pesar de cuanto peligro pueda haber, en ningún momento dejará solo a su hijo, por lo que permanecerá a su lado, en la habitación, todo el tiempo que sea necesario.
La tercera persona no dice nada. Apenas si se la nota. Está al fondo de la habitación doblando gasas y regulando un gotero.
Tal persona no cuestiona nada, no tiene que prometer cosa alguna, disculparse o tomar ésta o aquella decisión; no se inmuta ni deja traslucir ninguna emoción o sentimiento. Simplemente está allí y cumplirá fielmente con lo que, a cada instante, el médico le ordene que haga.
La tercera persona ni siquiera es importante, se trata simplemente de una enfermera en su puesto de trabajo. Se trata de una persona actuando por deber.
D. Manuel Pérez Villanueva






























































