Autorrealización y empresa

D. MANUEL PÉREZ VILLANUEVA.
Especialista en Salud Mental y aplicación a la Clínica de las Ciencias Humanas y Sociales
Si consideramos que el papel que un individuo ejerce en la sociedad es crucial con respecto a su propia autorealización, caemos en la cuenta de la importancia que tal papel tiene a su vez cuando se trata de promover una sociedad en la que los hombres realizados puedan ser mayoría.
Y si, aceptado que el trabajo al que un hombre se dedica define en gran parte ese papel y dota de un peculiar sentido la vida de quien lo ejecuta, caemos en la cuenta de que hoy en día la mayor parte de las personas desarrollan sus actividades en el seno de una empresa, comprendemos la importancia que las mismas tienen en cuanto se refiere al desarrollo, la felicidad y la armonía del ser humano
La psicología de empresa, aunque principalmente centrada en la eficiencia productiva, así lo ha entendido desde siempre, poniendo de relieve infinidad de aspectos que han de ser tenidos en cuenta a fin de que los trabajadores encuentren satisfacción en su trabajo, tanto aspectos a los que ella denomina factores higiénicos, (salario, seguridad, confort…), como otros que atañen a la vertiente psicológica del trabajador, (enriquecimiento de las tareas, rotaciones, creatividad, cauces de expresión, etc…)
Se trata, en suma, de obtener una satisfacción en el productor que, además de su propio interno enriquecimiento, propicie la perfección en lo producido, el bienestar social y la armonía colectiva.
Pero actualmente esas empresas a las que la psicología antedicha se refiere han cambiado. Algunas por completo y otras en facetas muy importantes.
De una de tales facetas trataremos aquí brevemente a fin de dejar constancia de la deriva de la misma y dar un sencillo toque de alerta al respecto.
Esencialmente, hasta no hace mucho, una empresa era una entidad destinada a la puesta en el mercado, lo que es decir en la sociedad o en un sector de la misma, de un determinado producto o de una gama de productos relacionados entre sí, un bien específico y concreto de cuya mejora, calidad, precio o servicio prestado, podía tal empresa sentirse orgullosa y a cuyo desarrollo y perfección consagraba su tiempo y sus energías.
Llegó entonces a tales organizaciones, presionadas por las vicisitudes a que la competencia las sometía cada día, un creciente afán de expansión, tanto de expansión vertical como de expansión horizontal.
Y ahí las cosas comenzaron a cambiar. Pero afortunadamente todavía no mucho.
Quien distribuía combustible, de pronto adquiría refinerías o gasolineras y más tarde se atrevía a pensar en pozos de extracción o en buques petroleros; quien hacía muebles instalaba tiendas para su venta o compraba aserraderos en vez de demandar a otros la madera que utilizaba, pudiendo incluso adquirir bosques o concentrarse en la tala.
Por su parte, quien tenía un comercio de ropa abría otros dos o compraba los de sus vecinos, o bien adquiría telares, o se introducía en el mundo del diseño, atreviéndose incluso a explotar campos de lino o de algodón; y quien primero simplemente vendía peras y manzanas a los mercados, pronto ampliaba su oferta introduciendo una gama variada de frutos, hasta necesitar grandes cultivos de frutales propios, una flota repartidora, un complejo de cámaras de refrigeración y aún una industria subsidiaria dedicada a la elaboración de jugos y a su comercialización.
Sin embargo, aún con todo esto, la identidad productiva no se quebraba. El servicio a la sociedad podía concretizarse en un bien identitario, el nombre iba unido a un bien concreto y una marca eran asimilada en la mente colectiva a la satisfacción de una necesidad, pudiendo encomiarse virtudes comerciales tales como el mejor servicio, la bondad del producto, la satisfacción por lo bien conseguido, el afán de perfección en lo ofertado, el abaratamiento de costos o de precios de venta, la comodidad de disposición de lo producido o el acierto en su presentación.
El empleado, ya obrero, mando intermedio, directivo o gerente, podía captar la totalidad del objetivo desde su puntual tarea y sentirse así identificado con él, al igual que se identificaba con la construcción total en su conjunto aquél simple picapedrero de la edad media el cual, al serle preguntado qué estaba haciendo, contestó con orgullo que estaba construyendo una catedral.
- Nos dedicamos a la energía, dirían unos.
- Lo nuestro es la salud, pregonarían otros.
- Hacemos los mejores edificios, presumirían éstos, Y aún los amueblamos.
- Todo lo de la alimentación nos interesa, sentenciarían aquéllos.
Y así, bajo tal prisma, la cuestión del papel de cada cual en la sociedad y la del sentimiento individual de aportación al conjunto era fácil de establecer, facilitándose la asunción de interés, dedicación, eficiencia y orgullo, ante la labor asignada.
Pero todo esto, si no ha cambiado totalmente, sí lo está haciendo a marchas forzadas.
Y así hoy una empresa, bajo el nombre de corporación, grupo o compañía, puede muy bien albergar bajo sus alas tanto el transporte de viajeros como la cría de ganado, tanto la fabricación de medicamentos como el alquiler de inmuebles, tanto la limpieza de las ciudades como la explotación minera, la inversión en hoteles o la tenencia de acciones de compañías vinateras y, por encima de todo eso, justificándolo, la fría especulación en los mercados y las actividades bursátiles, teniendo a la vista el único objetivo final aparentemente válido: el beneficio. Un beneficio que, de medio, se convierte poco a poco en el único e insípido fin.
El objetivo de las empresas de hoy parece tener cada vez menos que ver con el producto en sí, con su calidad, con el servicio social que presta, con la eficiencia con que se obtiene o la limpieza con que se consigue, con el coste al que se oferta o con la satisfacción que otorga al usuario.
Hoy el objetivo es simple y llanamente la ganancia, la situación financiera en los rankings de la economía y el tamaño de la parcela de poder que una organización detenta. Para incrementar ésta, las fusiones, opas, agrupaciones, compras, ventas o absorciones, así como la creación de trust, cárteles, holdings o corporaciones, están a la orden del día. De tal modo que una organización parece quedar mejor definida diciendo que simplemente es algo que produce beneficios.
Desenganchada del amor al producto, tras las primeras expansiones verticales u horizontales, toda mixtificación es ahora posible, dándose con cada nueva reestructuración un hachazo más a todos esos valores tan pregonados por la psicología de empresa, ideales tales como la identificación con la compañía, el orgullo de marca, el pundonor y la lealtad, la satisfacción en la tarea y el cultivo de sentimientos de afiliación, pertenencia y autorrealización.
Valores por medio de los cuales un trabajador cabal solía unirse en su sentir a una empresa cabal.
Ese trabajador apenas sabrá hoy quien es en realidad el dueño de la factoría, el banco, el hospital o la institución en la cual trabaja. Y tampoco sabrá mucho sobre los verdaderos objetivos que los mismos persiguen. Aquéllos contra quienes competía pueden ser muy pronto sus directores, aquella pericia que él tenía y que era vital para la empresa puede quedar ahora, una vez que las intenciones y los fines de la organización se trasmutan, relegada al nivel de lo insignificante,
Por no decir nada de esas reconversiones tan drásticas que obligan a despedir a gran parte de los empleados, para los cuales el nuevo objetivo pasa a ser entonces un acuciante buscar algo, sea lo que sea, a lo que poder dedicarse para subsistir.
Volver a la identificación con la empresa y a la identificación de ésta con su producto, volver a la sana competencia exenta de las guerras sucias de la especulación y las falsas alianzas, acabar con esas operaciones de compra y venta de fábricas, industrias o explotaciones, que apenas son para los tratantes más que una serie de números sobre una pantalla, profesionalizar la labor de cada empleado de modo que el mismo pueda hallar en el trabajo que realiza todo un sentido de vida y de progresión en la misma, dejar de considerar a la fuerza laboral como una simple mercancía similar a otras que la empresa utiliza y que, por ello, se puede trocear o eliminar, cambiar de situación o de emplazamiento e incluso vender o abaratar…, tales son algunas de las cosas a las que se debe dirigirse nuestra atención si no queremos que la vida del trabajo y con ello una de las facetas más importantes en la vida del ser humano vuelva a ser aquélla de semi o de total esclavitud que antaño era, despilfarrándose así todos los logros alcanzados hasta nuestros días, tanto por la citada psicología de empresa como por tantos y tantos actos de lucha, de sufrimiento, de tenacidad y de buenas intenciones, que nos trajeron hasta los mejores tiempos de lo laboral, esos tiempos cuya pérdida comenzamos hoy en día a lamentar.
Manuel Pérez Villanueva
Especialista en Salud Mental y aplicación a la Clínica de las Ciencias Humanas y Sociales































































